Cuando un viaje hacia la Antártida empieza en Ushuaia, el mar deja de ser un simple tramo entre dos destinos y se convierte en parte esencial de la aventura. El paso de Drake separa el extremo sur de Sudamérica de la península Antártica, y cruzarlo exige entender sus distancias, su clima cambiante, las opciones de navegación y la forma más responsable de acercarse a este ecosistema.
Lo esencial para entender y cruzar este corredor polar
- Ubicación: se encuentra entre el cabo de Hornos y la península Antártica, conectando las aguas del Pacífico y el Atlántico.
- Duración: la travesía desde Ushuaia suele ocupar entre 36 y 48 horas por trayecto.
- Mejor temporada: los viajes turísticos se concentran entre mediados de noviembre y principios de marzo.
- Condiciones: el oleaje puede ser intenso, aunque también existen cruces relativamente tranquilos.
- Turismo responsable: la elección del operador y el respeto por la fauna importan tanto como el itinerario.

Dónde está y por qué es tan importante
Este corredor marítimo se extiende entre el sur de Tierra del Fuego y las islas Shetland del Sur, frente a la península Antártica. El punto de referencia más habitual es el cabo de Hornos, aunque los límites exactos varían según la carta náutica utilizada.
No es un estrecho angosto, sino una amplia zona de océano abierto. Una referencia del Gobierno de Argentina calcula aproximadamente 738 millas náuticas de extensión, unos 1.367 kilómetros, y una anchura que puede rondar las 600 millas náuticas. Para quien viaja en barco, la cifra más útil es otra: se necesitan normalmente entre un día y medio y dos días de navegación para llegar a la Antártida.
Su importancia va mucho más allá del turismo. Por esta zona circula la Corriente Circumpolar Antártica, el gran flujo oceánico que rodea el continente y enlaza los océanos Atlántico, Pacífico e Índico. Esa corriente distribuye calor, sal y nutrientes, y participa en procesos que influyen en el clima del planeta.
También tiene interés histórico. Durante siglos, este paso representó una de las rutas marítimas más difíciles del mundo y recibió nombres distintos en la cartografía europea. Hoy funciona como la puerta natural hacia uno de los destinos más remotos del planeta.
Por qué el mar puede ser tan agitado
La fama de sus aguas no es solo una exageración de los viajeros. En estas latitudes soplan con frecuencia vientos intensos del oeste, y no existe una gran masa continental que frene su recorrido. El viento puede acumular energía sobre miles de kilómetros de océano abierto antes de alcanzar el barco.
A esto se suman los frentes meteorológicos, las bajas presiones y el encuentro entre corrientes de distinta temperatura. El resultado es un mar muy variable. En una misma travesía pueden alternarse horas de balanceo moderado con periodos de oleaje fuerte.
Lee también: Giethoorn, el pueblo de canales que se disfruta despacio
El llamado Drake Lake y el Drake Shake
Entre los pasajeros se han popularizado dos expresiones informales. Drake Lake describe un cruce inusualmente calmado, mientras que Drake Shake se utiliza cuando el barco se mueve con fuerza. Son apodos útiles para explicar la experiencia, pero no sirven como previsión meteorológica.
Yo desconfiaría de cualquier promesa que garantice un cruce tranquilo en una fecha concreta. Las predicciones ayudan a planificar, pero el comportamiento del océano puede cambiar rápidamente. Un barco de expedición bien preparado reduce los riesgos, aunque no puede eliminar el movimiento ni asegurar que todas las actividades previstas se realicen.
La sensación a bordo depende también del barco. Los buques grandes suelen ofrecer más estabilidad y espacios interiores amplios, mientras que los barcos de expedición pequeños proporcionan una experiencia más cercana y flexible, pero pueden transmitir más el oleaje.
Cómo es el viaje desde España hasta la Antártida
Para la mayoría de los viajeros europeos, la ruta comienza con un vuelo hasta Buenos Aires y otro enlace hacia Ushuaia, en el extremo sur argentino. Desde allí parten las expediciones marítimas hacia la península Antártica, normalmente en itinerarios de 10 a 12 días.
Las guías del Programa Antártico Australiano sitúan la navegación entre Sudamérica y la península en aproximadamente 1,5 o 2 días. El resto del programa se dedica a desembarcos, navegación entre hielos, observación de fauna y charlas de interpretación ambiental.
| Modalidad | Qué ofrece | Principal inconveniente |
|---|---|---|
| Expedición marítima completa | Permite vivir el cruce y observar aves oceánicas durante la navegación. | Hay que asumir el oleaje y varios días de mar abierto. |
| Viaje fly-cruise | Incluye vuelo hasta la zona antártica y reduce el tiempo de navegación. | Suele depender más de las ventanas meteorológicas para volar. |
| Crucero panorámico grande | Puede ofrecer una experiencia cómoda desde el barco. | Los buques grandes normalmente no realizan desembarcos turísticos. |
La alternativa aérea suele salir desde Punta Arenas y permite evitar la travesía marítima, algo atractivo para quienes sufren mucho mareo. Sin embargo, yo la elegiría solo después de entender el compromiso: se cambia el riesgo del oleaje por la dependencia del tiempo de vuelo. Una mala ventana meteorológica puede retrasar la salida o alterar el programa.
Los viajes clásicos se realizan durante el verano austral, sobre todo entre mediados de noviembre y principios de marzo. Al comienzo de la temporada suele haber más nieve y hielo, mientras que en enero y febrero aumentan las horas de luz y la actividad de muchas colonias de pingüinos. No existe un mes perfecto para todo, porque cada periodo ofrece paisajes y fauna diferentes.
Qué llevar y cómo reducir el mareo
La preparación empieza antes de embarcar. Para mí, lo más importante es consultar con un profesional sanitario sobre la medicación contra el mareo, especialmente si se toman otros fármacos o se tienen problemas de salud. No conviene esperar a sentirse mal para actuar, porque los tratamientos preventivos suelen funcionar mejor cuando se utilizan según las indicaciones médicas.
- Escoger, si es posible, un camarote situado en la zona central y baja del barco, donde el movimiento suele percibirse menos.
- Comer ligero antes y durante las horas de mayor oleaje, evitando alcohol y comidas muy grasas.
- Mantenerse hidratado y descansar, aunque apetezca pasar todo el tiempo mirando el horizonte.
- Llevar capas térmicas, impermeable, guantes, gorro y calzado con buena suela.
- Guardar la cámara y el teléfono en bolsas estancas, porque las salpicaduras pueden aparecer incluso en cubiertas protegidas.
- Incluir prismáticos y una batería externa, ya que las aves marinas pueden aparecer lejos del barco.
Las pulseras de acupresión, el jengibre y otras soluciones pueden ayudar a algunas personas, pero no deben considerarse una garantía. El error más frecuente consiste en subestimar el frío porque el viaje se realiza en verano. En la Antártida, el viento y la humedad pueden hacer que la sensación térmica sea mucho más baja de lo que indica el termómetro.
Qué se puede ver durante el cruce y al llegar
El propio trayecto ofrece una fauna distinta de la que se observa en tierra. Es habitual buscar albatros, petreles y otras aves oceánicas que siguen el barco durante largos periodos. También pueden aparecer ballenas, aunque ningún operador serio debería prometer avistamientos concretos.
Una vez alcanzadas las islas Shetland del Sur y la península, el paisaje cambia de forma radical. Glaciares, icebergs, montañas nevadas, focas y colonias de pingüinos convierten los desembarcos en una experiencia muy distinta de un crucero convencional.
La cifra de pasajeros importa. Los operadores que utilizan barcos con menos de 500 personas suelen poder organizar desembarcos, siempre sujetos a la normativa, la seguridad y las condiciones del lugar. Un barco mayor puede ser cómodo, pero normalmente limita la experiencia a la observación desde cubierta.
Yo prestaría atención a tres aspectos al comparar expediciones. Primero, que la empresa trabaje con procedimientos reconocidos para la Antártida. Segundo, que el equipo incluya guías naturalistas y personal con experiencia polar. Tercero, que el programa deje margen para cambios, porque el hielo y el tiempo mandan más que el folleto.
Cómo viajar sin convertir la visita en una carga
La Antártida no es un destino para improvisar una acampada libre. La mayoría de los viajeros duerme en el barco y realiza desembarcos organizados, con rutas y horarios definidos por el equipo de expedición. Cualquier actividad en tierra debe adaptarse al lugar, a la fauna y a las normas del Sistema del Tratado Antártico.
IAATO recomienda limpiar cuidadosamente botas, ropa y equipo para evitar introducir semillas, tierra o microorganismos no autóctonos. Durante las visitas hay que mantener la distancia indicada por los guías, no tocar ni alimentar animales, no llevarse piedras o plumas y no dejar ningún residuo.
Los drones requieren especial prudencia y no deben utilizarse cerca de la fauna. Tampoco tiene sentido perseguir la fotografía perfecta si para conseguirla se altera el comportamiento de un pingüino o una foca. La mejor imagen suele ser la que deja al animal completamente ajeno a nuestra presencia.
El turismo antártico puede tener un valor educativo real si ayuda a comprender la fragilidad de los ecosistemas polares. Pero ese valor depende de la conducta del visitante. Viajar con bajo impacto significa aceptar menos control, más normas y cierta incertidumbre a cambio de una experiencia mucho más respetuosa.
La mejor forma de recordar este mar
El cruce no debería entenderse solo como el obstáculo que hay que superar antes de llegar a la Antártida. También es una oportunidad para observar cómo funcionan las corrientes, el viento y la vida marina en uno de los grandes espacios abiertos del planeta.
Mi recomendación es elegir la modalidad según la experiencia que se quiera vivir. Quien busca una llegada rápida puede valorar el vuelo, mientras que quien desea comprender el viaje completo encontrará en la navegación una parte esencial del destino. En ambos casos, conviene reservar tiempo y presupuesto para los imprevistos.
La Antártida no se visita como un parque temático y el océano no acepta calendarios rígidos. Precisamente ahí reside su atractivo: obliga a viajar con paciencia, atención y respeto por un lugar que sigue siendo más grande que nuestros planes.